El joven emprendedor apostó por un auto clásico para innovar en el turismo local y rescatar la identidad italiana del pueblo. A sus 28 años, Paolo Guiñez Cantergiani está impulsando un emprendimiento que va mucho más allá de un paseo turístico: se trata de vivir Capitán Pastene desde su historia, su gente y sus raíces, a bordo de un Fiat 600 de 1974 restaurado con inspiración italiana.
Su historia está profundamente marcada por su origen. Es descendiente de quinta generación de Erminio Cantergiani, quien llegó en 1905 durante el segundo proceso de colonización de lo que entonces se conocía como Nuova Italia. Viene de una familia Cantergiani numerosa, alegre y muy unida, donde nunca faltan las conversaciones a altos decibeles, el sentido de responsabilidad y una fe muy arraigada, valores que han ido pasando de generación en generación.
«Siempre tuve el sueño de conocer, aunque fuera por unos días, el lugar del que emigró mi nonno», cuenta Paolo. Crecer en Capitán Pastene —una colonia italiana, en un pueblo pequeño donde todos se conocen— fue algo que durante su infancia veía como normal. «Yo pensaba que el resto del mundo era así también», recuerda. Con el tiempo, al conocer la ciudad, entendió lo especial que es el lugar donde creció: “ahí me di cuenta del tremendo patrimonio cultural y humano que tenemos».
Recuerda su infancia con alegría: juegos arriba de los árboles, bajadas en autos de madera por las pendientes y tardes en los cerros. Una vida simple, pero llena de identidad, muy distinta a la que tuvieron los primeros colonos, quienes construyeron el pueblo con esfuerzo y resiliencia. Ese vínculo con sus raíces se profundizó cuando cumplió uno de sus grandes sueños: vivir durante un año en Italia, en el pueblo de donde proviene su familia.
Fue una experiencia importante, pero también desafiante. «Para cumplir metas hay que hacer sacrificios, y no fue la excepción», dice. Aunque disfrutó la belleza, la gastronomía y la calidez de las personas, había algo que no cambiaba: «no era el lugar donde crecí… como dicen los viejos, la tierra siempre tira». Durante ese tiempo, algo quedó dando vueltas en su cabeza. En ciudades como Florencia, la Toscana o la costa amalfitana, se encontró una y otra vez con autos clásicos italianos, especialmente el Fiat 500. «Estaban en todos lados, y me daban muchas ganas de subirme a uno. Fue algo que se me quedó grabado».
Paolo es Ingeniero Comercial y, años atrás, cuando recién egresó, realizó su práctica profesional en un taller automotriz de gran tamaño, donde tuvo la oportunidad de conocer el funcionamiento completo del rubro, pasando por distintos departamentos y niveles. «Una de las cosas que más disfrutaba era cuando faltaba gente para mover autos dentro del taller. El establecimiento era grande, y me tocaba manejar distintos vehículos… siempre me gustó mucho esa experiencia», recuerda.
Al volver a Chile, regresó con una mirada distinta. Más conectado con la historia de las 88 familias fundadoras de Capitán Pastene y con ganas de aportar. Comenzó a involucrarse activamente en la comunidad, apoyando iniciativas locales y participando en la organización de la Sagra, junto a la Corporación Cultural Giuseppe Verdi, a la que considera una segunda familia. «Ahí hay mucha creatividad, y es un ambiente donde la inspiración se contagia», comenta.
Fue en medio de esa combinación de inspiración y experiencias que tomó la decisión de emprender. Apostó por traer y restaurar un Fiat 600 de 1974, sabiendo que no sería fácil. «Son autos antiguos, a veces dan problemas, pero esto no es solo por plata», explica. «Tiene que ver con aportar a nuestra cultura y también con vivir una vida que realmente disfrute».
Hoy, su proyecto invita a recorrer Capitán Pastene de una forma distinta, más cercana, más humana y profundamente conectada con su historia. «Siempre está esa duda de si sería mejor volver a la ciudad, pero al final llego a lo mismo: no hay vida como la que tenemos acá. Y no es solo el lugar, es la gente, la historia que compartimos y el cariño que hay».
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